Monday

I was ten years old and traveled in an old train with mon père. We had settled la madame at home because she didn’t want to travel to the open country. It was august and during the journey back to the city, between sultry and rattle I dozed in his lap. I slept deeply until the nightfall began. I had a sad, so sad dream. A blue, so blue sky and a flag singing “frap-frap” at the top: with these words I told him between hiccups and pouts.
“Hush, hush. It already happened, Clara.”
And he held me so nice that I close the eyes to breath the sweet-smellings of the night coming from the compartment open window. Without any word, mon père hug become tight on my waist and he raised me slowly until put my head outside the wagon. A small village celebrated the harvest party launching fireworks to the immense open country sky. The railway route allowed me to continue the spectacle by a moment of grace. From the wagon inside come a river full of voices aclaiming the most shinning fire. Then the locomotive drowned with its noise of driven crazy siren the rocket explosions that only I can listen now. With the same magic that now come back, once again.




Yo tenía diez años y viajaba en un viejo tren con mon père. Habíamos dejado a la madame en casa porque no quería viajar a la campiña. Era agosto y durante el trayecto de vuelta a la ciudad, entre el bochorno y el traqueteo me adormilé en su regazo. Dormí profundamente hasta que empezó el anochecer. Tuve un sueño triste, muy triste. Un cielo azul, muy azul y una bandera que cantaba "frap-frap" en lo alto: con estas palabras se lo conté entre hipos y pucheros.
"Bueno, bueno. Ya pasó, Clara."
Y me abrazó tan bien que cerré los ojos para aspirar los olores de la noche que entraban por la ventanilla abierta del compartimiento. Sin mediar palabra, el abrazo de mon père se hizo más fuerte en mi cintura y me levantó despacio hasta sacar la cabeza fuera del vagón. Una pequeña aldea celebraba la fiesta de la cosecha lanzando cohetes al inmenso cielo de la campiña. El trazado de la vía me permitió continuar el espectáculo por un momento de gracia. Desde el interior del vagón llegaba un río de voces coreando el fuego más resplandeciente. Pues la locomotora con su estrépito de sirena enloquecida ahogaba las explosiones de los cohetes que solamente yo escucho ahora. Con la misma magia que ahora vuelve, una vez más.


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