Sunday

I didn’t know how to lie in hell. My hands appeared to be covered in blood, but it was just the stain of the pomegranate I’d left in the fountain.

"I’ve witnessed a crime and I don’t want trouble.”

My cowardice didn’t shake her manners.

“Come with me and you’ll have nothing to fear.”

And out of nowhere, the black horse of the fallen lover approached us with its bloody snout. The woman mounted the horse with agility and held out her hand to help me up. I wondered, for a moment, what her intentions might be.

"Why do you want to help me? Who are you?”

Without an answer, I took hold of her hand and held on, surprised out how cold and how strong her hand was. The horse began to pace nervously and I decided to go. We galloped through the deserted streets where the horse’s hooves resonated with vigor; the sound put me to sleep, I thought I was swimming through a dream I had a long time ago: She was an Amazon with a trick up her sleeve, I felt victim to someone else’s will. And what if she were the women that poor man had given his life for? The poor guy who now lay dead and alone in the vestibule? Did he even know as well I did what he was up against? I thought I was going crazy but not due to my doubts, rather due to my certainty of my urge to gallop forth into evil’s arms without a care in the world. She let go of the reins and the mare continued trotting toward a meadow seen from afar in the penumbra of dawn, from there you could see the sea, but the port of Tamatava was hidden by hills. I understood that I was at this lady’s mercy. Her sleek, dark hair, slightly perfumed, fell down her back and touched my face, since I, as a passenger on her horse, had entered her intimate circle of fire. In this distance we still hadn’t really spoken: we were still strangers, that destiny had united, and that’s how I wanted to see it. We came upon a colonial mansion where nothing moved, there were no grazing farm animals, no farmhands at work. We passed a wide open door and arrived at empty stables. She turned around on the saddle and said that here I would be safe, that I could get down. I accepted the invitation and jumped to the ground.


"Go ahead into the house, I’m going to be get something for us to eat.”

I entered the house as the sun began to come up. The rooms were taken by an eerie silence. I crossed the living room where I found a hunting scene tapestry and sturdy armchairs. I ended up spreading out across the huge table in order to rest my kidneys, which weren’t used to galloping, and tried to relax. I think I must have drifted off then, in my light sleep I could make out restless neighing.




Yo no supe mentir en el infierno. Parecían mis manos ensangrentadas, aunque fuera de la granada abandonada en la fuente.

"He presenciado un crimen y no quiero líos."

Esa cobardía no alteró ninguno de sus reposados ademanes.

"Ven conmigo y no tendrás qué temer"

Y por ensalmo, apareció la jaca negra del amante asesinado que se acercó con sus hocicos ensangrentados. Ella montó con agilidad y tendió su mano para ayudarme a subir a la grupa. Dudé un instante de sus intenciones.

"¿Por qué quieres ayudarme? ¿Quién eres tú?"

Por toda respuesta, recibí una mano tendida que apremiaba y que terminé por coger, sorprendiéndome lo helada y fuerte que era; la jaca empezó a caracolear nerviosa y decidí. Cabalgamos por calles desiertas donde los cascos de la jaca negra resonaban con poderío; esa trápala me adormecía, creí estar nadando a través de un sueño que tuve hacía largo tiempo. Ella era una amazona que encerraba una burla en su interior, me hacía sentir instrumento de una voluntad encarnizada. ¿Y si fuera Ella la mujer por la que bebió vientos aquel pobre desgraciado que ahora estaba muerto y abandonado en el zaguán? ¿Acaso él sabía a qué se exponía tanto como yo lo sabía? Creí enloquecer pero no por mis dudas, sino por la certeza de mi deseo que cabalgaba hacia la amabilidad de lo siniestro con absoluta despreocupación. Dejó las riendas y la jaca siguió al trote internándose en un prado que se adivinaba entre la penumbra de la aurora, desde allí se veía la mar pero el puerto de Tamatava quedaba oculto por unas colinas. Percibí que estaba a merced de aquella dama. La melena lacia y de color azabache, perfumada con delicadeza, caía sobre la espalda y acariciaba mi rostro, pues siendo pasajero de su montura estaba dentro de su íntimo círculo de fuego. En una distancia que no habían roto las palabras; todavía éramos dos desconocidos que el azar había unido, y así lo quise creer. Avistamos una mansión colonial donde no había ningún movimiento, ni animales de granja sueltos ni campesinos que estuvieran trabajando en lo que fuera menester. Pasamos bajo el portón abierto de par en par y llegamos hasta unas caballerizas vacías. Se volvió sobre la silla de montar y dijo que ahí estaría seguro, que ya podía bajar. Acepté la invitación y salté a tierra.

"Ves hacia la casa que voy a buscar manjares para abrirnos el apetito."

Entré mientras empezaba a salir el sol. Las habitaciones estaban embargadas en un silencio acongojante. Atravesé un salón donde había un gran tapiz de una cacería y recias jamugas para sentarse. Acabé tendido sobre la inmensa mesa en la que di descanso a mis riñones poco acostumbrados a cabalgatas y traté de relajarme. Creo que dormí entonces, y en la duermevela, escuché confusamente un inquietante relincho.

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