Thursday

She was determined not to retrace her steps without reaching her goal, she wanted to fly towards the sea like an angel instead of taking refuge, and she could tell how much strength it took her to do otherwise. Daybreak was mauve and crimson; children of fire. Soon the sky sang a splendid blue, sounding the new day with the strength of the surf-filled sea up to where the horizon faded into the distance. The lighthouse abandoned its bright star bantering. The sun came out late between distant clouds and its yolk burst. Johanna used the morning to move forward on the cliff path and by midday her perseverance was rewarded. The lighthouse was fenced in and visits were not allowed. Would the lighthouse keeper sleep late? She had never seen him and imagined him to be a sullen, grumpy hermit. She walked around the grounds to look at the edge of the deep craggy cliff that plummeted then found the doors of hell, quickly crouched, blindly lied down on her stomach, and slithered like a snake. Gosh was frightened and didn’t follow her. The wind that hit the rock wall full on heightened to a diabolical velocity. A violent and dry zigzag made her retreat scared until she escaped the vortex.

When she retreated, she knew that she couldn’t retrace her steps. She could feel the swelling of her feet that were not very accustomed to long treks across the country. So, she headed for the highway for her return trip, confining her to the houses of the island. The coat of wind, turning its back on the cape’s headland, made Johanna realize how matted the salt had left her short hair; she hoped to find some sign of a short cut during the long walk. At times she became confused and thrashed her head. She tried to make a path through the countryside: she jumped over a stone wall and stepped on lumps of land. Two steps later she noted a new swelling of her feet. She returned to the hard yet piously flat asphalt. She would have loved to find a fountain or an inn, thirst hurried her. Gosh stuck out his red tongue and panted like a running train.




Decidida a no volver sobre sus pasos sin alcanzar su objetivo, querer volar hacia el mar como un ángel en vez de recogerse, notó el mucho esfuerzo que le costaba llevar la contraria. La jornada rompía con malvas, carmesíes y los hijos del fuego. Pronto un azul espléndido fue cantado por el cielo en son de buenos días con la fuerza de la mar corrida a borregos hasta donde se perdía el horizonte. El faro abandonó su lenguaje de lucero. El sol salió tarde entre nubes lejanas y su yema se partió. Johanna empleó la mañana en avanzar por el sendero de los acantilados y a mediodía su tenacidad fue recompensada. El faro estaba vallado y no se permitían visitas. ¿Dormiría entonces el torrero hasta la tarde? Nunca lo había visto y se lo imaginaba como un ermitaño huraño y cascarrabias. Bordeó el recinto para asomarse al filo del profundo escarpado que caía a plomo. Las puertas del infierno encontró y rápido se agachó, a ciegas se tumbó bocabajo y reptó como una serpiente. Gosh estaba asustado y no le seguía. El viento, al dar de lleno en la pared de la roca, ascendía a una velocidad endemoniada. Un violento y seco zigzag la hizo retroceder asustada hasta escapar del vórtice.

Al volver, supo que no podía desandar lo andado. Sentía la hinchazón de sus pies poco acostumbrados a largas marchas a campo traviesa. Así que enfiló el camino de vuelta por carretera que la internó por las haciendas de la isla. Al abrigo del viento, dándole la espalda al promontorio del cabo, cayó en la cuenta de lo apelmazado que la sal dejó su pelo corto. Esperó encontrar alguna indicación que atajara el largo camino. Se desorientaba por momentos y le zumbaba la cabeza. Intentó abrirse paso por el campo: saltó un muro de piedras y piso terrones de tierra. A los dos pasos, notó de nuevo la hinchazón de sus pies. Volvió al asfalto duro, pero piadosamente plano. Una fuente o una fonda le habría encantado; la sed apretaba. Gosh sacaba su lengua roja y respiraba como una locomotora en marcha.

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