Monday






My adventure began in the fall of 1905 when I docked at a far-off port, as far as hell itself: Tamatava. I saw a lemur perched on a yet-to-be-lit street lamp staring at me with ghostly eyes: two black dots on yellow, a welcoming. I looked in my pouch for something to keep away the omen but all I found was a bit of bread that this hellish creature couldn’t eat. When I left the dock the lemur had disappeared. It must have been close to four in the morning, the streets around the port were deserted and the echo of my footsteps resonated from unsuspecting angles. I turned down back alleys away from the main drag and ended up getting lost and wandering for maybe an hour in search of the lemur. I saw my reflection in a fountain as I got a drink; the water came out lukewarm due to the infernal heat. I felt as if I wasn’t the only one drinking, I raised my head slowly as not to scare anyone who had come to get a drink with just as much right as I had to do so: there was the lemur I’d been so diligently searching for. This time it didn’t escape, surely it had been following me, waiting to reveal itself in its natural territory. I tried to lift my right hand to my pouch in order to offer up this hellish land’s only fruit. This gesture sparked the creature’s curiosity: it cocked its head to one side and let out a noise from its throat that didn’t seem threatening. I held out my hand so the creature could eat the red, juicy cracked-open pomegranate. But my gesture of good faith was aborted.

Suddenly two horseman mounted on black mares appeared. Continuos echoes followed them and filled the square, all the way to where I was drinking so I dove into the fountain to avoid being run over. They refused to give up until someone fell down bleeding and that’s just what happened: the horseman being chased wasn’t a skilled rider and he was cornered in a vestibule. Despite his pious pleas to appease his executioner, a silver rainstorm of stabs punctured his arms and then his chest and back where thousands of pomegranates bloomed. Due to the killer’s passionate fury, I surmised that he was husband who had surprised his wife’s lover in his own bed; only such outrage could lead someone to commit such a crime. I climbed, soaking wet, out of the fountain when the horsemen took off, I tried to offer aid to the unfortunate lover: he rested among the hooves of his black horse. His boots, sadly enough, were tangled up in his stirrups. I untangled him and freed him from the horse, who wanted to keep rein on his rider and went back to wetting his snout in the puddle of blood. There was nothing to do: he was good and dead, God was not on that man’s side that night. Thus, right away, before I got tied up as an accidental witness, I began to run without looking back until I found a street that led back down to the docks. It was then, during my escape, that, turning a corner, I came across a beautiful woman: She seemed to have been waiting for me since she greeted me with a smile.

“Why are you running?”



Mi aventura empezó en el otoño de 1905 cuando desembarqué en un puerto muy lejano, tan lejano como el mismo infierno: Tamatava. Sobre un farol del muelle todavía no encendida, encontré un lémur que me miraba directamente con sus fantasmales ojos: dos puntos negros sobre amarillo, a modo de bienvenida. Busqué en mi zurrón algo apropiado para evitar un maleficio y lo único que hallé fue un chusco que no podía comer esa criatura infernal. Volví a embarcarme rápidamente para pedir la única fruta del infierno y evitar el maleficio. Cuando salí al muelle el lémur había desaparecido. Deberían ser cerca de las cuatro de la mañana entonces, las calles del distrito portuario estaban desiertas y el eco de mis pasos resonaba desde ángulos insospechados. Entré en callejones pestilentes y salí de las rutas habituales acabando desorientado y convencido que hacía quizá una hora caminaba al azar en busca del lémur. Vi mi reflejo en una fuente en la que me refresqué; el agua manaba tibia a causa del infernal calor. Tuve la sensación de no estar bebiendo yo solo en la fuente; levanté la mirada despacio, no fuera que asustara a quien fuera que se había acercado a la fuente de la plaza a refrescarse con el mismo derecho que yo: allí estaba el mismo lémur que buscaba con tanto empeño. Esta vez no escapó, porque seguramente había estado persiguiéndome él a mí, hasta llegar a un lugar que considerara su territorio natural para dejarse ver. Traté de llevarme la mano derecha al zurrón para ofrecerle la única fruta del infierno y el gesto le suscitó curiosidad: torció a un lado la cabeza y dejó escapar un sonido de su garganta que no parecía amenazador. Extendí el brazo para que comiera de mi mano una granada hendida, roja y jugosa que le ofrecía y ahuyentar así el maleficio. Pero mi buen gesto quedó abortado.

De súbito dos jinetes que montaban unas jacas negras llenaron la plaza de ecos múltiples persiguiéndose con saña hasta llegar a donde yo bebía, por lo que tuve que tirarme en el interior de la fuente no fuera que me arrollaran. Por medio la pendencia, no cejarían sus esfuerzos hasta que uno cayera sangrando, y sucedió tal cual: el jinete perseguido no era hábil con su montura y fue acorralado en un zaguán, y a pesar de los gritos de piedad con que esperaba apaciguar a su verdugo, le cayeron navajazos como una lluvia de plata sobre los brazos y cuando éstos cayeron inertes, sobre el pecho y la espalda le florecieron mil granadas. Por la furia pasional que empleó el asesino, aventuro que era un marido que sorprendió al amante de su mujer en su propia cama; solamente un acto de ultraje de tal envergadura lleva al crimen. Salí empapado de la fuente cuando el jinete se dio a la fuga, intentó socorrer al desgraciado amante: yacía entre los cascos de su jaca negra. Sus botas se habían enredado penosamente con los estribos. Lo liberé y también aparté a la montura que no quería abandonar a su dueño y volvía mojando los hocicos al charco de sangre. No había nada que hacer: estaba bien muerto, no tenía Dios aquel hombre de su mano esa noche; así pues, antes de nada, antes de verme envuelto como testigo accidental, empecé a correr sin mirar atrás hasta dar con una de las calles que bajaran hasta los muelles. Fue entonces, en la fuga, cuando me encontré con una bellísima mujer al doblar una esquina. Parecía esperarme pues fui recibido con una sonrisa.

"¿Por qué huyes?"

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