Wednesday

In the garden, as she got closer to them, the piled up boxes looked very large. They were rectangular with greased ends to aid in their transport. She was impressed by the odorous teak wood, the oily essences to protect the contents from the bad weather ― handmade work that was rare. She wanted to touch the boxes. They were not smooth to the touch, but solid. For a second, Johanna forgot why Daniel had brought them there. She seemed crazy, the hairs on the back of her neck stood on end. She got a little bit closer and tried to put her ear to the boxes.

She wasn’t able to do it, but she heard something. It could have been the wood cracking. There were nine boxes, and the weight that some put on others could well explain this.


She knocked on the door.


A man with very delicate hands, that he hid, who hardly looked her in the eyes came to half open the other bungalow door. It was, without a doubt, Daniel Plaza. This type of shyness was an invitation to speak, because he hardly did. His hello was barely a broken sigh.

It wasn’t easy to approach him; he was an aloof and indirect person. He demonstrated a type of courtesy found in an old manual of politeness. He didn’t address her on familiar terms even though Johanna gave him about ten years more than her, about fifty or a little over fifty. Because of those eyes that didn’t return her look, she knew that they belonged to a person of great strength and perceptiveness. She could tell by the rhythm of his words, neither casual nor reckless, that he followed the conversation. Nonetheless, she was decided to cross his doorway, which is why she bluntly asked him about the nine boxes that he brought with him.


“It’s a very long story. I’m sure it would bore you.”
“What do you mean?”
“They are an inheritance. How do you like your coffee?”
“With just a little milk please…are they things from your family?”




En el jardín, las cajas apiladas, le parecieron muy grandes a medida que se acercaba. Eran rectangulares, con cabos engrasados para manejarlas a placer. Le impresionó la olorosa madera de teca, las esencias untuosas para proteger su contenido de la intemperie. Trabajo artesano que escaseaba. Le apeteció tocar las cajas. Tenían un tacto que no era suave, pero era sólido. Por un momento, Johanna se olvidó del motivo que la trajo hasta allí. Estaba como ida, sintió que se le erizaban los pelos de la nuca. Se acercó un poco más todavía y trató pegar al oído a las cajas.

No podía probarlo, pero escuchó algo. Quizá era la madera crujiendo. Eran nueve cajas y el peso que ejercían unas sobre otras bien explicaría aquella sensación.

Llamó a la puerta.


Un hombre que apenas le miraba a los ojos, con unas manos muy delicadas que escondía, fue quien acudió a entreabrir la otra puerta del bungalow. Era Daniel Plaza, sin duda. Aquella clase de timidez era una invitación a hablar, porque él apenas lo hacía. Saludó apenas con un suspiro roto.

No fue fácil abordarlo, pues era una persona esquiva y de circunloquios. Tenía una clase de cortesía de manual de urbanidad algo trasnochado, no la tuteaba aunque Johanna le echaba diez años más que ella: unos cincuenta o cincuenta y pico. Por aquellos ojos que no devolvían la mirada, supo que eran los de una persona de gran fuerza de voluntad y mayor lucidez. Notaba en la cadencia de sus palabras, ni casuales ni atolondradas, que seguía el hilo de la conversación. Y, sin embargo, ella estaba decidida a poner un pie en el umbral de su puerta. Por eso le preguntó, sin disimular un ápice su curiosidad, por las nueve cajas que trajo consigo.

"Es una historia muy larga. Seguro que la aburro."
"¿Qué quiere decir?"
"Son una herencia. ¿Cómo quiere el café?"
"Con una nube de leche, por favor... ¿Son cosas de su familia?"

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