Sunday


This is how this Mediterranean tale begins: when the open shutters woke Johanna Persheid, she opened the window of her bungalow, took both sides of the shutters, looked around for the latch, but didn’t fall back asleep. She ate breakfast listening to the gusts of wind which sparked a streak of rebelliousness in her: she went out to the garden to oppose the orders that the northern wind howled “stay inside for three days.” Someone arrived next door, a strange neighbor with a few boxes. Johanna didn’t understand how someone could travel with so much luggage. The branches of the tamarind tree that crowned the garden chanted a rumor. She walked in front of Sylvia Holstein’s little schnauzer’s house and decided to bring the dog along; they trusted each other like good neighbors do. When Johanna took the leash, Gosh broke into impatient yelps in front of the fence; the northern wind ruffled his black goat-like beard. She thought she would put on his leash when they got to Fornells, at the age of forty, she didn’t want to jerk around with a foolish dog who could dislocate her shoulder. She went down the stairs clinging to the handrail until she reached the entrance gate. As soon as she opened the gate, Gosh slipped between her legs and began running down as if he knew where he was going. April was the off season; there were very few tourists, even less so early in the morning. It wasn’t hard for her to combat the isolation of the northern wind, Johanna enjoyed living her life on the brink of society. Living on the island of Minorca, far from Germany and her family, was a well thought-out choice that she didn’t regret. She was no longer thought of as a tourist, but she hardly had any contact with the natives. Together with Frau Holstein, they created a compact home without blood relations. So Johanna was bothered by the fact that, as the owner of the villa, Frau Holstein did not inform Johanna about the arrival of a man who they would live wall to wall with. It’s not that she wanted to veto the entrance of the new neighbor, but she would have preferred it to be another German woman with whom he could communicate better.

She reached the cliffs and Gosh started to bark at the sea. The Cavallería Cape rose in the distance above the water, and stood out from a sky that bid farewell to its last stars. A beam of light stretched up to Johanna; from the distant headland of the cape, the lighthouse bore through the night. So close yet so far away. Distance was an interval that the lighthouse distorted with its beams.

The constant gusts of wind did not dissuade her; she was determined to go to the lighthouse on the cliff path. The whirlpool was thunderous, and her face was sprayed with salty foam. Due to the fury of the northern wind, she had to get on all fours more than once, and in doing so she perceived the perfume of lavender. In a stream bed, a herd of goats bleated quite a few times in protest of Gosh’s presence. They chewed leeward with yellow gazes fixed on the emptiness. Johanna continued walking, walking, and walking. Then she pondered distance, not the real distance that was left until she reached the lighthouse, but rather affective distance.



Así comienza esta historia mediterránea, en el instante que los postigos sueltos despertaron entonces a Johanna Perscheid. Abrió la ventana de su bungalow, cogió las hojas de los postigos y a tientas echó la aldabilla, pero ya no retomó el sueño. Desayunó escuchando las ráfagas y montó en rebeldía: salió al jardín para contrariar el mandato que la tramontana ululaba: recogerse durante tres días. Había llegado alguien a su vera, un raro vecino con unas cajas. No se explicaba Johanna como se podía viajar con tanto equipaje. Un rumor cantaba en las ramas del tamarindo que coronaba el jardín. Pasó por delante de la casita del schnauzer de Sylvia Holstein y decidió llevárselo consigo; había confianza de buenas vecinas. Al coger Johanna la correa de cuero, Gosh empezó su retahíla de gañidos impacientes delante de la verja; la tramontana le despeinaba sus negras barbas de chivo. Pensó ella que ya le pondría la correa al llegar a Fornells. A sus cuarenta años, no quería tironear con un perrazo bobo que le podía dislocar el hombro. Bajó aferrándose al pasamano de la escalera hasta llegar a la verja de la entrada. Gosh se escurrió entre sus piernas y se lanzó a correr tan pronto abrió, como si tuviera idea de adonde ir. El camino hacía bajada. Abril era mes de temporada baja; los turistas escaseaban. Y más a esas horas de la madrugada. No le pesaba combatir el aislamiento de la tramontana. Por el contrario, Johanna encontraba placer en hacer su vida al margen. Y vivir en la isla de Menorca, lejos de Alemania y su familia, era una meditada elección de la cual no se arrepentía. Ya no se incluía en la categoría de turistas, aunque su trato con la gente del lugar no existía apenas. Junto con frau Holstein, formaba un hogar compacto sin vínculos sanguíneos. Por eso le molestó que ella, como dueña de aquella villa, no le avisara de la llegada de un hombre con el cual viviría pared con pared. No es que deseara vetar la entrada al nuevo vecino, pero hubiera preferido que fuera otra alemana con la que entenderse.

Llegó a los acantilados y Gosh empezó a ladrar al mar. El cabo de Cavallería se levantaba a lo lejos sobre las aguas, recortado por un cielo que se despedía de las últimas estrellas. Un haz de luz fue abriéndose paso hasta llegar a Johanna: desde el lejano promontorio del cabo, el faro horadaba la noche. Tan lejos, tan cerca. La distancia era un intervalo que el faro distorsionaba con sus destellos.

Las rachas atemporaladas no la disuadieron: se propuso ir al faro por la senda de los acantilados. La vorágine era fragorosa. En su rostro, los rociones de espuma salada. Por la furia de la tramontana tuvo que ponerse a gatas más de una vez; así percibió el perfume del espliego. En una vaguada, un rebaño de cabras dio unos cuantos balidos protestando por la presencia de Gosh. Rumiaban al socaire con amarilla mirada, fija en el vacío. Johanna siguió caminando y caminando y caminando. Cavilaba entonces sobre la distancia. Y no sobre la distancia real que le quedaba hasta llegar al faro, sino sobre la distancia afectiva.

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