Saturday

When she reached Frau Holstein’s villa, she picked up the garden hose and let the water run: Gosh drank while opening and closing his mouth, he choked often. Then she tried a mouthful but spit it out immediately; she would quench her thirst afterwards little by little. Johanna realized that she was no longer alone in the bungalow, which is why she decided to clean her face of the white marks of dry sweat and salt…, she might see the new neighbor. But, nonetheless, Daniel Plaza did not appear.

It was the beginning of the afternoon, and she wasn’t in the mood to cook, and she was sure that Frau Holstein’s refrigerator had a better selection than hers. She went up the stairs of the miranda where Frau Holstein was writing with her old Underwood. Gosh was already eating by her side from a ceramic bowl, and, when he saw Johanna, he bellowed, suspecting that Johanna would snatch his meat and rice.

“Good afternoon, Sylvia.”
“Hello, Johanna. I can tell you walked very far. This guy is hungry.”
“Yeah, he should be, and I am as well. “Do you have another serving of food for me?”
“Of course, honey. I woke up very late today and haven’t eaten yet.”
“The northern wind didn’t wake you?”
“No. Maybe I’m used to it.”
“Ok, I’m going to take a shower, I’ll be right back.”

Johanna got to her bungalow. She never locked the door, but she realized that she would now think about if the new neighbor had entered to snoop around in her absence or not. A cloud of mistrust swiftly floated by. Her things were in place, just as she had left them before the walk. She walked towards the drawer where she kept a little bit of everything and picked up the key. She was playing with it for a while without deciding whether to lock it or not, and decided that she wouldn’t let the arrival of Daniel Plaza affect her, there was no need for her to change her habits. Also, the easiest thing to do is continue doing what she always does; not locking the doors gave her the feeling that she didn’t have anything to protect herself from. This is what she thought until she saw herself naked in the mirror. Although she was attractive, she hadn’t had children or lived with any man who changed her precious intimacy. Feeling good about herself was an accomplishment of the years she spent alone. It was a fragile accomplishment; she knew how thick the walls were, like paper, and when a man enters, it makes her feel uncomfortable.

After eating with Frau Holstein, Johanna offered to make some coffee. In that kitchen that was more spacious than hers, it was always hard for her to find the jar of coffee. Because all the jars were the same, sometimes she found rosemary or any of the other herbs used for cooking. She opened the closet where she thought the matches would be and found organized dishes. Things in the kitchen were also different for each person; everyone had their own vision of how to distribute things. She started to find everything aside from what she was looking for. Next to the matches she found a wine cork with an unusual silverwork motif and turned it around in her fingers. She put the coffee pot on the burner and went to ask its owner where the cork was from.

“I found it in a little market in Italy quite a few years ago. Do you like it?”

Johanna was drawn to crafts made with fire, the magic of a foundry. It was the type of object that she looked around at and then left where she found it. She was scared of getting attached to things that weren’t meant for her. Like a house that was for staying, a well-packed kitchen, and a living room with stands full of memories from the past. Finding a place to stay put didn’t fit hn her plan of living on the brink of society. She was ready to pick up and leave at anytime; for Johanna, this meant being in shape. While they were drinking their coffee, Frau Holstein told her about Daniel Plaza. She said that he was a discreet and friendly man.

“I don’t think he’ll stay for very long.”
“So, why did he bring so many boxes?”
“I don’t know, but it doesn’t take a sailor long before he starts itching to sail again.”
“Where is his boat? I haven’t seen it.”
“At Mahón Port. He said that the Fornells Pier is no place for a seventy foot sloop. And he’s right. With the northern wind right now, he’d have his heart in his mouth.”
“From what you’re saying, it sounds like he’ll leave when summer comes around.”
“I don’t think so honey. He paid for six months in advance.”
“Probably to store those boxes…”



Cuando llegó a la villa de frau Holstein, cogió una manguera del jardín y dejó correr el agua: Gosh bebía a muerdos, se atragantaba a menudo. Luego, ella misma probó un sorbo para escupirlo enseguida; después se saciaría la sed poco a poco. Cayó en la cuenta que ya no estaba sola en el bungalow, por lo que decidió limpiarse la cara de las marcas blancas del sudor seco y la sal..., no fuera que encontrara al nuevo vecino. Y, sin embargo, Daniel Plaza no hizo acto de presencia.

Era entrada la tarde, no tenía ganas de ponerse a cocinar y, seguramente, la nevera de frau Holstein estaría mejor surtida que la suya. Con esa certeza subió las escaleras de la miranda donde ella escribía con su vieja Underwood. Gosh ya estaba comiendo a su vera en una fuente de barro cocido y, al ver a Johanna, rugió con la suspicacia de que le arrebatara su arroz con carne.

"Buenas tardes, Sylvia."
"Hola, Johanna. Veo que os habéis ido muy lejos a pasear. Este macho está hambriento."
"Sí, él tiene motivos y yo también. ¿Tendrías otra ración de comida para mí?"
"Por supuesto, querida. Hoy me he despertado muy tarde y no he comido todavía."
"¿Y no te despertó la tramontana?"
"Pues no. Quizá ya estoy acostumbrada."
"Entonces voy a ducharme y vuelvo enseguida."

Llegó a su bungalow. Nunca cerraba la puerta con llave, pero se dio cuenta que se planteaba si el nuevo vecino había entrado a curiosear durante su ausencia. Una nube de desconfianza pasó rauda. Sus cosas estaban en su sitio, tal como ella las había dejado al marchar. Se acercó al cajón donde guardaba de todo un poco y cogió la llave; estuvo jugueteando con ella un rato sin acabar de decidirse. Concluyó que no dejaría que la afectara la llegada de Daniel Plaza; no había motivo para cambiar de hábitos. Además, lo más cómodo era seguir haciendo lo de siempre. Y no cerrar las puertas con llave le daba la sensación de no tener nada de que protegerse. Eso pensó hasta que se vio desnuda en el espejo. Aún se veía atractiva; no había tenido hijos ni vivido con algún hombre que le trastocara su preciada intimidad. Estar bien consigo misma era el logro de sus años en soledad. Un logro frágil; saber que mediaba una pared, como papel de fumar, entre un hombre y ella, le hizo sentirse incómoda.

Después de comer con frau Holstein, Johanna se ofreció a preparar café. En aquella cocina, más espaciosa que la suya, siempre le costaba dar con el tarro del café. Como todos eran igualitos, a veces se encontraba romero o cualquier otra hierba para guisar. Abrió el armario donde imaginaba las cerillas y se encontró con la vajilla ordenada. También las cocinas eran cosa particular. Cada persona guardaba su propia visión de la distribución. Empezó a encontrarse de todo menos lo que buscaba. Encontró junto a las cerillas, un tapón para el vino con un curioso motivo de orfebrería; lo hizo girar en sus dedos. Puso la cafetera en el fuego y fue a preguntarle a su dueña por la procedencia.

"Lo encontré en un mercadillo. En Italia, hace bastantes años. ¿Te gusta?"

A Johanna le atraía la artesanía del fuego, la magia de las forjas. Era la clase de objetos que curioseaba y dejaba donde lo había encontrado. Le asustaba encariñarse de las cosas que no eran para ella. Como una casa para no marchar, una cocina bien dispuesta y un salón con estantes repletos de recuerdos del pasado. En su plan para vivir al margen, no tenía cabida un lugar donde caerse muerta. Ella estaba lista para marchar de un momento a otro; eso era para Johanna estar en forma. En cuanto tomaron el café, frau Holstein le habló de Daniel Plaza. Le dijo que era un hombre discreto y amable.

"Creo que no se quedará por mucho tiempo."
"Entonces, ¿por qué ha traído ese montón de cajas?"
"No lo sé, pero un marino no tarda en volver a sentir la comezón de navegar."
"¿Dónde está su barco? Yo no lo he visto."
"En el puerto de Mahón. Dice que el embarcadero de Fornells no es lugar para una balandra de sesenta pies. Y tiene razón. Con esta tramontana ahora tendría el corazón en un puño."
"Por lo que dices, cuando llegue el verano, se marchará."
"No lo creo, querida. Ha pagado seis meses por adelantado."
"Será para guardar esas cajas..."

Post a Comment