Friday

Daniel served the cups of coffee, went to look for a coral pipe and loose tobacco. He used a match to light the knotty bowl. A thick cloud of smoke interposed. The living room was identical to Johanna’s but darker. On that side of the garden, the light was filtered by the vegetation. In barely twenty-four hours, this marine had inhabited the bungalow that only she had lived in; there were no paintings on the walls or knick-knacks, no personal detail with a certain disorder. Only the bare necessities. From the beginning he said he didn’t know who he was or where he was from. He grew up in orphanages from where he was removed at the age of fifteen by a retired marine close to Barcelona, at the Arenys de Mar Port. The retired sailor lived in a very old luxury hotel with a shrine of fisherman dedicated to a long-haired Christ, the hermitage of Monte Calvario. He moved in with Don José Plaza Arnedo in the attic, in the old piano hall with its large pointed arc windows. At night, he hardly slept and spent his time thinking about his sloop through the large windows and feeling sad for not being sailing. Don José was the captain, and over time, Daniel became a captain as well. Daniel had been taught the trade aboard that seventy-foot sloop that belonged to the Plaza family. The rigging was from the turn of the century: everything in fine varnished wood, and in two years they completed a circumnavigation and the sloop didn’t fail them. Today it still preserves the shape of a well-crafted cypress between the masts of aluminum of the modern sloops. In 1915, it was baptized with the name that all marines think about when they make direction-related decisions: the North.





Daniel sirvió las tazas de café, fue a buscar una pipa de coral y picadura de tabaco. Con una cerilla encendió la nudosa cazoleta. Una nube de denso humo se interpuso. La sala de estar era idéntica a la de Johanna, pero más oscura. En aquel lado del jardín, la luz se filtraba por la vegetación. En apenas veinticuatro horas, aquel marino habitaba el bungalow con su sola presencia. No había cuadros en las paredes ni cachivaches, ningún detalle personal de cierto desorden. Lo justo y necesario. Desde un principio dijo no saber quién era o cuál era su carta de origen. Creció en orfanatos de donde lo sacó con quince años un marino retirado cerca de Barcelona, en el puerto de Arenys de Mar, donde vivía en un vetusto hotel de lujo con una ermita de pescadores consagrada a un Cristo melenudo, la ermita del Monte Calvario. Se instaló con Don José Plaza Arnedo en el ático, en la antigua sala de piano con sus ventanales de medio punto. Por las noches, apenas dormía y se dedicaba a contemplar su muy preciada balandra a través de los ventanales como sudando tristeza por no estar navegando. Don José fue capitán y con el tiempo Daniel fue capitán también. Le había enseñado el oficio a bordo de aquella balandra de sesenta pies que perteneció a la familia Plaza. Los aparejos eran los propios de principios de siglo: todo en nobles maderas barnizadas. En dos años completaron una circunnavegación y la balandra no les falló. Todavía hoy, conserva la hechura de un caviloso ciprés entre los mástiles de aluminio de las balandras modernas. En 1915, había sido bautizada con un nombre que todos los marinos tienen presente a la hora de tomar decisiones sobre el rumbo: el Norte.




1915

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